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Mis artículos

¿Silicon Valley está ganándole la batalla a las universidades?
Durante más de 1.000 años la universidad ha tenido el monopolio casi exclusivo de certificar conocimientos y competencias, a través del títulos universitarios o diplomas de grado. Eso era lógico en un contexto en el que los profesores estaban, en su gran mayoría, afiliados a una institución educativa. Actualmente, el contexto es otro. Con el auge de las tecnologías, las nuevas generaciones ingresando a nuestras aulas y la velocidad del internet para conectar e intercambiar conocimiento, las empresas han visto en esta revolución digital una oportunidad enorme para compartir, crear redes y capacitar. Pensemos en esto: Y el gigante del internet no necesita ser universidad para educar. Es tal el impacto que una certificación en Marketing Digital de Google o una en Machine Learning de Andrew Ng hoy tiene tanto valor como una certificación universitaria. Incluso, las empresas de hoy han dejado de mirar los currículos, los expedientes y están empezando a fijarse en las habilidades de las personas que están contratando. En un artículo que encontré sobre por qué las compañías de tecnología están contratando a personas sin títulos universitarios, el director de la organización de talento de IBM, Sam Ladah, decía que cuando buscaban a nuevos talentos, consideraban más sus habilidades que su historia académica. Eso también incluía a los solicitantes que no obtuvieron un título de cuatro años, pero que demostraron sus conocimientos técnicos de otras maneras. Algunos tienen certificaciones técnicas y otros se han inscrito en programas de habilidades. En conclusión, las contrataciones han sido un éxito. Es más, si encuentran a los profesionales con las habilidades necesarias, a través de programas como el de Educación Profesional, IBM puede entregar las certificaciones necesarias, desarrollando en estos chicos las capacidades relevantes para la industria de hoy y mañana. Naturalmente, el contexto nos llevaría a preguntarnos: ¿Significa esto el fin de la universidad? Todo lo contrario. Es más un llamado, una señal de alerta para que podamos estar a la par en materia de herramientas, temas, competencias y demás, que estas empresas ya están ofreciendo, gracias a que no temieron, ni dudaron al dar la oportunidad al ecosistema digital. En ese sentido las universidades que estamos sumergidas en el mundo actual, habilitado para la tecnología, rico en información y profundamente interconectado, no podemos permitir que el aprendizaje ocurra en espacios limitados y para unos pocos. En lugar de eso, debe suceder en cualquier lugar y en cualquier momento, sin perder calidad. Si conseguimos esta revolución tecnológica transformadora, las nuevas generaciones podrán acceder a más oportunidades educativas y esto significaría una hito en la historia. Sé que no hay soluciones mágicas que resuelvan todos los desafíos a los que nos enfrentamos en materia de educación, pero lo que sí debemos tener presente, en especial usted rector si me está leyendo, es que hay un sector con un potencial enorme, que aún no se aprovecha completamente: el campo de la tecnología educativa. A medida en que las universidades mejoren su infraestructura, también deben invertir en las tecnologías de aprendizaje innovadoras, que puedan transformar la manera en que enseñan y la manera en que los estudiantes aprenden. Gran parte de la fuerza laboral, especialmente aquellos profesionales que ocupan posiciones jerárquicas o que cuentan con un título universitario, buscan desempeñarse en corporaciones que les permitan continuar con su proceso educativo. Es por eso que estar alineados con las necesidades de la industria y brindar otro tipo de oportunidades, a través de las TIC, es una estrategia excelente para hacer frente a este reto. Entonces, ¿Silicon Valley nos está ganando? No aún. Para fortuna nuestra, los cursos que allí se ofrecen están enfocados en las profesiones TI. Aunque son las profesiones del futuro, aún desde nuestras áreas interdisciplinares podremos aprovechar nuestra basta experiencia para entregar a nuestros estudiantes las mejores herramientas.

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Números o estrellas de oro para calificar, ¿cuál usar para transformar el aprendizaje?
Aún recuerdo mis épocas de colegio, cuando nos entregaban las calificaciones al final de periodo en un cuadernillo. Debo admitir que, aunque fui un estudiante aplicado, la entrega de notas nos generaba sentimientos que iban desde la incertidumbre hasta la frustración, y para quienes encontraban varios rojos en sus cuadernillos, podía ser una experiencia aterradora. Ahora que han pasado los años y veo a mis compañeros realizados profesionalmente, incluso a quienes no siempre obtenían las mejores notas, me pregunto si esos números, letras o puntajes, en realidad representaban lo que éramos o lo que somos como pensadores, creativos y solucionadores de problemas. La respuesta es no.
La popular afirmación “un número no te define” es totalmente acertada, pues estos puntajes no representan lo que aprendimos, lo que sabemos, lo que podemos hacer, las habilidades que adquirimos ni los hábitos y comportamientos útiles para la vida profesional y cotidiana que conseguimos.
Ese era nuestro caso hace ya algunos años; ahora veamos el momento actual. Para los jóvenes de las nuevas generaciones, que desarrollan muchas de las habilidades del siglo 21 de manera innata e intuitiva, y en actividades auto dirigidas, fuera de las aulas, la colección de insignias digitales les genera mayor entusiasmo que la obtención de un diploma tradicional. Esto sin duda nos plantea otro desafío como universidades, nos invita a repensar procesos y a ver en las herramientas digitales una oportunidad para enganchar a las nuevas generaciones, al tiempo que les ofrecemos aprendizaje de calidad. Comparadas con las calificaciones tradicionales, las insignias son recursos que miden de manera más exacta las competencias. Es momento de dejar de valorar a nuestros estudiantes por el tiempo que pasan en el asiento, en el aula, en el libro; debemos acelerar el cambio, la transición para crear estudiantes más curiosos, interesados, creativos y, en general, competentes, útiles para la industria y, aún más importante, para la sociedad. Los educadores comparten este compromiso y la preocupación es que las métricas de evaluación solo proporcionan una visión parcial de las habilidades del alumno. Los distintivos digitales ofrecen un ecosistema flexible e inclusivo que conecta el aprendizaje formal e informal, las habilidades y las disposiciones, las competencias y las habilidades; todo en una receta exitosa que garantiza la formación de profesionales de calidad. Además, las insignias ofrecen una manera de reconocer formas no tradicionales de aprendizaje. Son una herramienta más para sumar crédito por esas habilidades que adquieren los alumnos, en un conjunto de entornos de aprendizaje. Es algo muy similar a conseguir insignias de boy scout; no se evalúa por competencias básicas sino por habilidades como acampar, vivir en familia, servir a la comunidad, nadar o prepararse en primeros auxilios. Algo parecido debería ocurrir con la educación superior, pues el aprendizaje de hoy ocurre en todas partes, gracias a las nuevas tecnologías. El problema está en que los jóvenes tienen pocos medios para legitimar este aprendizaje, para que sea reconocido por las instituciones académicas formales y por la fuerza laboral. Las insignias continúan siendo una herramienta pedagógica y tecnológica emergente para la educación superior en América Latina, pero ya son numerosos grupos, organizaciones, proyectos educativos y empresas alrededor del globo, las que han apostado por esta herramienta.  La razón es sencilla: reconocen competencias o conocimientos adquiridos en alumnos o empleados, rompiendo los esquemas tradicionales. Esto, además, está ampliamente relacionado con la motivación. Una pieza clave para las nuevas generaciones En mis actividades en la que realizo curación de contenido, encontré una entrada muy interesante sobre el poder de las insignias digitales. Lo invito a leerla, desde mi sección
Comparto. Lo que más llamó mi atención sobre este artículo es que la autora hace énfasis en el impacto de las insignias como motivadoras de la participación en el aprendizaje, ofreciendo un reconocimiento público, a medida en que se superan los objetivos establecidos. Incluso afirma que si estas se adjudican desde las primeras fases del aprendizaje, el reconocimiento resulta muy motivante para el estudiante y le da la confianza para seguir trabajando por la oportunidad de obtener insignias, claro, por las competencias más complicadas. Esta validación, tal como con los videojuegos, ofrece una sensación de progreso, de satisfacción y de superación, incluso si no se llega al final porque en el camino se adquieren experiencias y habilidades valiosas. Si lo pensamos con detenimiento, hasta es interesante verlas como nuevas áreas de evaluación. En lugar de utilizar un examen de 5 puntos en una hoja, sus docentes pueden crear insignias alrededor de esos mismos conceptos. Pero no será sobre las inteligencias comúnmente evaluadas, como la lógica matemática o la lingüística, sino sobre aquellas que desarrollen las relaciones interpersonales e intrapersonales, tales como la puntualidad al llegar a clase, la solución más creativa a un problema, la perseverancia en el aprendizaje y la capacidad de innovación, entre otras. Esto, además de involucrarlos en el proceso y motivarlos les dará la posibilidad de convertirse en los responsables de crear insignias y, por qué no, nominar a otros de sus compañeros. Algunas veces ellos pueden valorar más las habilidades de sus pares que los mismos profesores, por lo cual puede ser considerado como un método de evaluación entre pares interesante. (Le interesa: Evaluación entre pares, el siguiente paso para las universidades). Ahora, cuando las insignias forman parte de nuestros currículos o portafolios, ofrecemos una evidencia de nuestras habilidades y cualidades, así como de nuestros intereses y motivaciones. Por eso, la dinámica laboral lleva a que sus egresados envíen sus hojas de vida con mucho más que una foto y su historial académico, y quienes desean emprender ni siquiera lo necesitan. Es momento de abrir las puertas a lo nuevo que, por ser desconocido, no significa que sea malo. Debemos comenzar a ir a la par de las necesidades de las nuevas generaciones, ahí está la clave para una transformación digital real. A mis sobrinos, por ejemplo, les encanta Duolingo, un sitio web y proyecto social destinado al aprendizaje gratuito de idiomas. Lo interesante de esta plataforma es que además de certificar el nivel del idioma seleccionado, les entrega reconocimientos por sus avances como si fuera un juego. Ahí destacan las insignias y los lingotes, que luego pueden cambiar por pequeñas aplicaciones en la tienda virtual. Incluso, pueden conectar con su cuenta de Facebook, ver el progreso de sus amigos, invitarlos a unirse y compartir con otros sus inquietudes en foros. Están aprendiendo de una manera diferente, entretenida, se exigen a sí mismos, al tiempo que les ayudan a promover la competencia sana y la disciplina. [embed]https://youtu.be/F9tUaDKUQ8A[/embed] Como universidades, ¿por qué no tomamos el riesgo y lo vemos como una oportunidad para ir un escalón más arriba?, ¿por qué no sumarnos a estas pequeñas y grandes comunidades, que ya validan su uso, y ayudamos a transformar la educación?, ¿por qué no innovar y entregar a nuestros estudiantes, Millennials y Centennials, las herramientas que quieren y necesitan para mejorar sus procesos de aprendizaje? Tomar la decisión de transformarse es el primer paso, y sin duda le dará a su institución un diferencial enorme, porque le apuesta a la formación de profesionales más conformes y competentes. Al principio será un desafío, pero muy pronto comenzará a dar frutos, pues reforzará en sus alumnos la conciencia sobre su propio aprendizaje y el logro de metas para visualizar el éxito… factores de motivación y de formación integral para la sociedad que queremos.

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Voluntad y políticas públicas: una necesidad para la transformación digital
Aunque el refrán tradicional dice que la fe mueve montañas, en esta ocasión me referiré a la voluntad que también mueve montañas, y que en nuestro caso, mueve instituciones, ideologías y directivos hacia la transformación digital. Muchas de las universidades latinoamericanas con las que tengo el gusto de construir mi sueño de transformar la educación superior, tienen historias comunes, grupos de amigos emprendedores, empresarios comprometidos o familias visionarias, y en muchas de ellas sus fundadores afortunadamente aún viven y continúan dirigiendo los destinos de sus instituciones mientras comienzan a transferir, paso a paso, el legado a otros directivos o familiares, pensando en el día de su retiro. Me he reunido con representantes de más de 70 instituciones en diversos países del continente, y con todos he compartido mi visión sobre la necesidad de que las instituciones de educación superior se preparen y evolucionen para afrontar y sobrevivir ante los desafíos de la era digital.  En muchos de ellos he visto reflejados los ojos de mi padre, fundador de universidad y académico que sigue soñando y proponiendo con miras a ampliar las oportunidades de educación superior; y en las preguntas de esos fundadores y directivos, identifico las dudas y temores propios de quienes sienten que van a dar un paso hacia un terreno desconocido. Yo también lo he vivido, y por eso comprendo que dar ese paso requiere ir más allá. Y es acá en donde aparece nuevamente la voluntad, esa voluntad que transmite confianza, que genera adeptos y que da ejemplo. A la voluntad que actúa e impulsa a otros a avanzar, a la voluntad que apoya y da seguridad. Esa voluntad, que me llena de alegría, la he visto reflejada en las palabras y en los ojos de los participantes del Programa Global en Transformación Digital de Universidades. Fundadores, Rectores y directivos de 14 universidades que han dado el primer paso y mediante su participación han demostrado su compromiso con las nuevas generaciones, su deseo de aportar a una educación para la era digital, su inquietud por conocer las tendencias, los retos y los nuevos modelos que apalancan procesos educativos integrales para el mundo de hoy. Hace 2 semanas terminamos el módulo de virtualidad en Córdoba, Argentina, en donde el trabajo en red fue protagonista: sesiones de intercambio, de análisis de casos de éxito, de imaginar, de crear y de construir en conjunto… así lo vivimos y así hemos comenzado a mover las montañas de un continente que reclama nuevas oportunidades y una educación sin barreras para todos. Y ¿cómo movemos esas montañas? Con voluntad, con determinación y con visión de largo plazo. Esa que tienen quienes nos han acompañado y quienes participaron en el módulo de Bogotá o se unirán en Boston. La visión de que es posible atreverse, de que hay certezas que nos indican que la transformación digital es el camino, y la responsabilidad de saber que, como líderes, deben dar el primer paso.
Su voluntad es el eje del cambio, pero dicha voluntad debe trascender y pasar del deseo al compromiso y de allí a unos lineamientos y directrices claras y formales.
Sucede lo mismo en muchos de nuestros países, que aunque sus ministerios expresan la importancia de abrirle paso a nuevos modelos educativos como la educación virtual, estas manifestaciones no siempre se concretan en políticas públicas contundentes y claras sobre el desarrollo que debe tener la educación virtual. Por ello, aún le falta legitimidad y el impulso para posicionarse como una de las mejores opciones frente a los desafíos de acceso, equidad, calidad y pertinencia, que desde hace años hacen parte de la agenda de los gobiernos en el tema educativo. Aunque tradicionalmente la formulación de políticas públicas responde a una lógica sectorial en la que cada sector se encarga de promover, formular e implementar políticas que favorecen sus intereses y orientaciones propias, la realidad ha demostrado que la estructuración de los problemas públicos tiene un carácter multifactorial en el que intervienen diferentes perspectivas, métodos, actores y disciplinas que superan los límites de cada sector en su individualidad.  La educación no es la excepción, y es necesario pensar de manera incluyente, sabiendo que el ser humano es una unidad indisoluble que adopta diferentes comportamientos dependiendo de las opciones que se le presenten, es decir, a partir de sus posibilidades. Es en este aspecto en donde radica la importancia de las políticas públicas educativas que favorezcan el acceso a educación de calidad, que respondan a las necesidades del ámbito laboral y que contemplen las características que hacen diferentes a las nuevas generaciones, y a las antiguas, que ahora vivimos en un mundo permeado por la tecnología. Hemos avanzado, y cada vez se ven nuevos e importantes esfuerzos gubernamentales por mostrar el camino de la virtualidad, pero aún no es suficiente.  Es necesario continuar trabajando en el compromiso de Estados y gobiernos con la transformación digital, no solo para el sector educación sino de manera integral, como somos los ciudadanos. En Boston, durante el tercer módulo del Programa Global en Transformación Digital de Universidades, en abril de 2018, el tema será la innovación aplicada al sector educativo, en donde gracias al acompañamiento de profesores y tutores de Harvard y MIT, conoceremos la forma en que la voluntad de ir un paso adelante se convierte en capacidad de innovación e impulso a proyectos sostenibles. Es así como la voluntad también mueve montañas y es capaz de permear estructuras rígidas y pensamientos que podrían parecer inalcanzables, cuando va acompañada de argumentos sólidos, de análisis rigurosos y de propuestas estructuradas. Lo más difícil es dar el primer paso… y afortunadamente, cada día somos más quienes lo hemos dado. Y mientras seguimos dando pasos, que no siempre son de gigante, seguiré comprometido con las universidades latinoamericanas que me abren sus puertas y que acogen nuestras propuestas para construir juntos, para conformar redes de cooperación y para sembrar esa semilla de la transformación digital que recoge sus frutos en forma de oportunidades para todos los ciudadanos.

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El trofeo y la medalla de mi padre: un ejemplo de Aprendizaje Social
Cuando era pequeño, al despertar veía siempre en mi cuarto un trofeo y una medalla que mi padre se había ganado en un torneo de basquetbol, en sus años universitarios. No tengo claro si mi padre dejó ese trofeo y esa medalla a propósito en un lugar tan adecuado, pero lo que si me queda claro es que ese sencillo ejemplo ha influenciado positivamente a dos generaciones y se ha convertido en una perfecta demostración de la fuerza del aprendizaje social. [gallery columns="2" size="full" ids="3034,3033"] Al consultarle a mi padre por la procedencia de esa medalla, me contaba historias de los tradicionales torneos que todos hemos jugado alguna vez en el colegio, en el barrio, o en la universidad. No eran historias de juegos olímpicos, ni de grandes torneos nacionales o intercontinentales. Eran historias sencillas de amigos que formaban equipos y competían por el honor de una medalla. Esas historias y ese sencillo premio fueron el inicio de una vida en la que el ejercicio y el deporte han sido una constante. He sido siempre un deportista aficionado, podría decir promedio, pero recuerdo con mucha alegría los torneos de fútbol, natación y ciclismo en mi querido Colegio Rochester, compitiendo junto a quienes hoy siguen siendo mis mejores amigos. Recuerdo también los torneos de squash en la universidad y ahora la ilusión que me da el realizar carreras de triathlon. Todas estas competencias eran locales, de colegio, universidad o barrio. Ningún gran torneo nacional o internacional pero para mí cada partido, cada final intercolegial o intercursos era como si fuera la final de un mundial de fútbol. Recuerdo con memoria fotográfica o con flashes memorables como me gusta llamarlos, cada jugada, cada gol, cada resultado. Recuerdo de forma vivida la sensación de alegría por el triunfo o la frustración por la derrota. Son múltiples recuerdos de toda una vida como deportista aficionado, pero ninguno alcanza la sensación de satisfacción como cuando descubrí, que con mi ejemplo de regresar a casa con las medallas que me dan por finalizar un triathlon, había logrado continuar en mis hijos el legado que mi padre me dio al dejar en mi cuarto su trofeo y su medalla de basquetbolista. Con mi esposa Caro siempre hemos querido que nuestros hijos hagan deporte por el simple gusto del mismo, por generar hábitos saludables y por el valor de la amistad, no necesariamente por la competitividad. Intentamos con natación, gimnasia, tenis, sin mucho éxito al principio. De un momento a otro todo comenzó a fluir. Laura se interesó en el triatlón y Sergio en el fútbol. Hoy en día ambos se preparan para sus entrenamientos de forma autónoma y llegan con bastante anticipación a sus respectivas sesiones. Al regresar a casa nos cuentan fascinantes historias de amigos, jugadas, tiempos, frustraciones, triunfos, retos y esfuerzo. [gallery columns="2" size="full" link="file" ids="3035,3036"] Me emociona ver que están aprendiendo el valor del esfuerzo sin importar el resultado. Están aprendiendo el valor de competir contra ellos mismos y de buscar ser siempre su mejor versión. Están aprendiendo a dejar a un lado el orgullo de la comparación, sin huirle a la competencia. Todo esto al mismo tiempo que hacen amigos para toda la vida y entienden lo que significa ser parte de un equipo. Ninguna medalla, ningún triunfo deportivo me da mayor emoción que el escuchar a mis hijos decir que finalmente se interesaron en el deporte cuando me vieron llegar a casa con mis medallas de triatleta aficionado, medallas que daban lugar a horas de historias que nos han convertido en una familia que disfruta el deporte. Soy un apasionado del aprendizaje permanente y del aprendizaje social. Investigo y escribo sobre estos conceptos todo el tiempo. Lo invito a ojear una de mis entradas sobre el tema: Formación por competencias, el primer paso para el aprendizaje social. Tengo claro que aprendemos al observar a otros y al poner en práctica por nuestra propia cuenta esos aprendizajes. Tengo claro que debemos intentar por todos los medios ser ejemplo, pero que no siempre logramos aplicar lo que predicamos.
Por eso me emociona la simbología de ese trofeo y de esa medalla que mi padre dejó en mi cuarto y que al verlo todas las mañanas al despertar influenció mi vida y la de sus nietos. Tengo claro que la medalla es solo un símbolo, pero son las conductas y acciones que llevaron al logro de ese premio las que representan un ejemplo de aprendizaje social positivo.
No se trata siempre de ganar. Se trata de levantarse temprano a entrenar, de llevar una vida sana, de competir con camaradería, de ser parte de un equipo, de dar el mejor esfuerzo posible así el resultado no sea el triunfo. No es el talento lo que debemos alabar en nuestros hijos únicamente. Es el esfuerzo que hacen para aprovechar ese talento o para mejorar una habilidad promedio lo que debemos alabar. Papá, gracias por ese trofeo. Gracias por todo lo que hiciste para lograrlo, por el ejemplo que me diste y aún me das y por las historias de amigos y torneos que me motivaron y hoy motivan a tus nietos a vivir una vida sana en el deporte. ¡¡Gracias por ser un buen modelo de aprendizaje social!!

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